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Una frase para resumir la historia de la humanidad con respecto al trabajo: «aprendieron que para sobrevivir debían trabajar duro.»

Pero no siempre fue así. Las sociedades primitivas dedicaban la mayor parte de su tiempo a descanso y ocio. De hecho, no distinguían entra trabajo y vida cotidiana. Simplemente cazaban o recolectaban. No les preocupaba el estatus, no había jerarquías ni clases sociales ni se había inventado el almacenamiento de alimentos, por lo que cubrían sus necesidades a corto plazo.

¿Qué pasó después? ¡Muchas cosas! La humanidad experimentó un viaje alucinante a lo largo de los siglos siguientes: inventamos la política, la esclavitud, las ciudades, las fábricas, la productividad, los avances tecnológicos, la economía.

La economía nos habló de un mundo con recursos limitados. La religión y los mitos, nos dijeron que, al igual que Dios, podíamos trabajar 6 días y descansar sólo uno. La sociedad de las prisas nos dijo que éramos lo que hacíamos.

Y así, llegamos al siglo XXI, el momento de la historia con mayor abundancia, recursos y tecnología disponible en el que, sin embargo, muchas personas siguen volviendo a casa agotadas después de días de trabajo intenso y mecánico.

¿Cómo transmutar este legado, la cultura del sacrificio, el conflicto con la riqueza?

¿Necesitamos seguir basando nuestros logros en el esfuerzo y el sufrimiento, o podemos hacerlo de otra manera?

¿Hemos sido testigos de una evolución general de la humanidad contra la propia naturaleza del alma?

Es hora de cuestionarnos todo. Es hora de poner el foco en todas esas personas que, pese a todo, se quedaron y se quedan con otra versión de la historia.

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